Las Emociones en las Mentiras

De Mentira Pedia
Revisión a fecha de 16:49 20 abr 2015; Ana Sutil (Discusión | contribuciones)

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Contenido

Concepto

¿Qué es una emoción?

Algunos han proclamado que debe buscarse una armonía de las emociones; otros consideran que deben cultivarse solamente aquellas emociones que causan alegría o placer; otros, por su parte, afirman que cualesquiera que sean las emociones, éstas han de experimentarse con moderación y otros plantean que es mejor negar o descartar las emociones.

Las emociones determinan la calidad de nuestra existencia. Se dan en todas las relaciones que nos importan, pueden salvarnos la vida, pueden hacernos mucho daño, pueden llevarnos a actuar de una forma que nos parece realista y apropiada, pero también nos pueden conducir a situaciones de las que nos arrepentiremos.

Las emociones pueden desencadenarse con gran celeridad hasta el punto de que nuestro yo consciente no es testigo de que la mente dispara una emoción en un momento determinado. Esa velocidad puede salvarnos la vida en situaciones de emergencia o destrozárnosla si reaccionamos de forma exagerada. No poseemos mucho control en lo que a emociones se refiere.

La mayor parte del tiempo respondemos emocionalmente y en el caso de algunas personas siempre. Las emociones nos presentan un valioso servicio al hacer que nos ocupemos de lo que es realmente importante en la vida y nos proporcionan placeres de una gran variedad. Por el contrario nos pueden meter en líos. Ello sucede cuando nuestras reacciones emocionales resultan inadecuadas por uno de los tres motivos siguientes: sentimos y mostramos la emoción correcta pero con una intensidad equivocada. Sentimos la emoción adecuada pero no la mostramos correctamente. Y sentimos la intensidad errónea o formas erróneas de expresar las emociones.

Las palabras son representaciones emocionales y no emociones en sí. La emoción es un proceso, un tipo particular de valoración automática influida por nuestro pasado evolutivo y personal, en el que sentimos que está ocurriendo algo importante para nuestro bienestar, con lo que un conjunto de cambios fisiológicos y comportamientos emocionales comienza a encargarse de la situación. Las palabras constituyen solamente un medio de tratar con nuestras propias emociones, y las utilizamos cuando experimentamos emociones, pero no podemos reducir las emociones a palabras.

Nadie sabe con exactitud cuál es el mensaje que nos llega automáticamente al ver una expresión facial.


Relación, emoción y mentira

La gente mentiría menos si supiese que existe un signo seguro del mentir, pero no existe. No hay ningún signo de la mentira en sí, ningún ademán o gesto, expresión facial o torsión muscular que en y por si mismo signifique que la persona está mintiendo. Solo hay indicios de que su preparación para mentir ha sido deficiente, así como indicios de que ciertas emociones no se corresponden con el curso general de lo que dice. Estos son la autodelaciones y las pistas sobre el embuste. El cazador de mentiras debe aprender a ver de qué modo queda registrada una emoción en el habla, el cuerpo y el rostro humano, qué huellas pueden dejar a pesar de las tentativas del mentiroso por ocultar sus sentimientos, y qué es lo que hace que uno se forme falsas impresiones emocionales.

La cara es la sede primordial del despliegue de las emociones. Ponerse una máscara es la mejor manera de ocultar una emoción, si uno se cubre el rostro o parte de él con la mano o lo aparta de la persona que habla dándose media vuelta, habitualmente eso dejará traslucir que podría estar mintiendo.

La mejor máscara es una emoción falsa, que desconcierta y actúa como camuflaje. Es terriblemente arduo mantenerse impávido o dejar las manos quietas cuando se siente una emoción intensa: no hay ninguna apariencia más difícil de lograr que la frialdad, neutralidad o falta de emotividad cuando por dentro ocurre lo contrario. Mucho más fácil es adoptar una pose, detener o contrarrestar con un conjunto de acciones contrarias a aquellas que expresan los verdaderos sentimientos.

Para ocultar una emoción cualquiera, puede inventarse cualquier otra emoción falsa. La más habitualmente utilizada es la sonrisa. Actúa como lo contrario de todas las emociones creativas: miedo, ira, asco, disgusto, sorpresa y tristeza. Suele elegirse porque para concretar muchos engaños el mensaje que se necesita es alguna variante de que uno está o no contento.

El ser humano es complejo por naturaleza. Desde su aparición, han sido muchas las variantes a estudiar. Una de ellas, tal vez la más confusa, es la relacionada con su interioridad y sus emociones, es decir, aquellos impulsos que lo mueven hacia la acción. El origen que las provoca es tan diverso como incierto, por lo que ha levantado un sin fin de discusiones. Lo cierto es que el individuo las tiene, las demuestra y las da a conocer por diversos medios. De acuerdo con Aaron Sloman y Monica Croucher en su obra: Why robots will have emotions.

Investigación

"El que dice una mentira no sabe qué tarea ha asumido, porque estará obligado a inventar veinte más para sostener la certeza de esta primera." Alexander Pope.

La mentira como comúnmente la conocemos, no es otra cosa que ocultar la verdad por algún motivo específico, sea deliberado o no. No obstante, es importante mencionar que la acción de mentir también se ocupa usualmente para afirmar lo que se sabe a conciencia que es falso. Existen muchas definiciones que se pueden tomar en cuenta para crear una definición universal de lo que es una mentira, pero en este caso, la que nos interesa es la aportada por Paul Ekman, la cual nos dice que para mentir “hay una persona que tiene el propósito deliberado de engañar a otra, sin notificarla previamente de dicho propósito ni haber sido requerida explícitamente a ponerlo en práctica por el destinatario” [Ekman, 2001].

Parte de la detección de mentiras se centra en el análisis de las diferentes expresiones faciales provocadas por las emociones. En la mayoría de las veces, estas expresiones nos son indiferentes puesto que no les prestamos la atención requerida. En otros casos, simplemente ocurren de forma extremadamente rápida que no nos es imposible percatarnos. En un principio, Ekman realizó estudios exhaustivos en su laboratorio y en base al constante análisis a detalle de diversas grabaciones realizadas a sus pacientes, logró identificar algunos sentimientos ocultos en las personas que podían notarse a través de microexpresiones. Sin embargo, no se mostró del todo conforme dado que en dichas grabaciones, se había comprobado que los pacientes habían mentido debido a las consecuencias observadas posteriormente y que cualquier comportamiento resultaría sospechoso.

Si bien, no es posible determinar a ciencia cierta que una persona está mintiendo, sí se pueden analizar los motivos que lo llevan a hacerlo, así como los errores que pudiera cometer en el momento y de alguna forma, los posibles signos delatores. Es muy fácil de comprender que las personas recurran a la mentira, pero es casi imposible que todas las personas lo lleven a cabo impecablemente a pesar de que existen personas con esas características. No todas las mentiras cumplen siempre con su cometido. En algunos casos, las emociones ocultas son las encargadas de desenmascarar al mentiroso. Entre más profundas y constantes sean las emociones involucradas, mayor será la autodelación o revelación de la verdad por parte del mentiroso, manifestada en la conducta de la persona.

Existen casos en donde la persona requiere de ocultar sus emociones por haber mentido, pero resulta muy difícil. En ese caso, su único recurso lo lleva a tener que falsear. Para esto es posible simular emociones diferentes para enmascarar la que en realidad se siente.

Cuando se realizan interrogatorios, entrevistas o conversaciones para la detección de mentiras, no todos los signos detectados en un individuo provienen de un engaño. En muchos casos, las personas pueden sentirse aterradas o nerviosas por el simple hecho de ser interrogadas por miedo a que las puedan culpar de actos que no han cometido; o en su defecto, el hecho de estar frente a las cámaras, es causa suficiente para producir y observar incomodidad en la conducta de una persona. Pero por lo general, al momento de experimentar una fuerte emoción, los seres humanos actuamos instintivamente. El hecho de que un individuo se cubra parte de la cara con la mano o voltee hacia otro lado al momento de hablar con una persona, nos dará indicios de que podría estar mintiendo. Por eso mismo, la mejor forma para encubrir nuestras mentiras es a través de emociones falsas, aunque de acuerdo con Paul Ekman, la frialdad, tranquilidad y falta de emotividad son las más difíciles de actuar. Por el contrario, la emoción más fácil y más común resulta ser la sonrisa. Resulta ser muy normal expresar la sonrisa para ocultar nuestras emociones, debido a que usualmente la utilizamos para saludar a las personas sin importar que en esos precisos momentos, estemos pasando por graves problemas. De lo contrario, de acuerdo a las normas establecidas por la sociedad, la persona se molestará y tendrá una mala imagen de nosotros.

Otro de los motivos por los cuales la sonrisa goza de tanta popularidad como máscara es que constituye la expresión facial de las emociones que con mayor facilidad puede producirse a voluntad. Mucho antes de cumplir un año, el niño ya sabe sonreír en forma deliberada; es una de sus más tempranas manifestaciones tendentes a complacer a los demás. A lo largo de toda la vida social, las sonrisas presentan falsamente sentimientos que no se sienten pero que es útil o necesario mostrar. Pueden cometerse errores en la forma de evidenciar estas sonrisas falsas, prodigándolas demasiado o demasiado poco. También puede haber notorios errores de oportunidad, dejándolas caer mucho antes de la palabra o frase a la que deben acompañar, o mucho después. Pero en sí mismos los movimientos que llevan a producir una sonrisa son sencillos, lo que no sucede con la expresión de todas las demás emociones.

Las mentiras practicadas por los niños no son diferentes de las practicadas por los adultos, y al igual que estos sus fines para mentir son complejos. Ambos mienten por una serie de razones y en circunstancias diversas; y, cosa sorprendente, sus mentiras en realidad pueden ser un subproducto de su creciente adelanto cognitivo y social, que en otras manifestaciones son bien recibidas por sus padres. A la gran mayoría de las personas, las emociones que más les cuesta fraguar son las negativas. Las investigaciones revelan que la mayor parte de los sujetos no son capaces de mover de forma voluntaria los músculos específicos necesarios para simular con realismo una falsa ira o un falso temor. La ira y la repulsión no vivenciadas pueden desplegarse con algo más de facilidad, aunque se cometen frecuentes equivocaciones. Si la mentira exige falsear una emoción negativa en lugar de una sonrisa, el mentiroso puede verse en aprietos. Aunque hay excepciones: Hitler era, evidentemente, un actor superlativo, dotado de una gran capacidad para inventar convincentemente emociones falsas. En una entrevista con el embajador inglés se mostró terriblemente enfurecido, gritó que así no se podía seguir hablando y se fue dando un portazo. Un oficial alemán presente en ese momento contó más adelante la escena de este modo: “Apenas había cerrado estrepitosamente la puerta que lo separaba del embajador, lanzó una carcajada, se dio una fuerte palmada en el muslo y exclamó: ‘¡Chamberlain No sobrevivirá a esta conversación! Su gabinete caerá esta misma noche”

También el sistema nervioso autónomo (SNA), o gran simpático, que regula las funciones vegetativas, da lugar a cambios notorios en el cuerpo cuando hay una activación emocional: en el ritmo respiratorio, en la frecuencia con que se traga saliva, en el sudor son cambios producidos por el SNA que se registran en el rostro como el rubor, el empalidecimiento y la dilatación de las pupilas. Estas alteraciones se caracterizan por producirse involuntariamente cuando hay alguna emoción, son muy difíciles de inhibir y, por esto mismo, muy confiables como indicios del engaño. El polígrafo mide estas alteraciones derivadas del SNA, pero muchas de ellas son visibles y no exigen el uso de ningún aparato especial. Si un mentiroso tiene miedo, rabia, culpa o vergüenza, o si se siente particularmente excitado o angustiado, se incrementará su ritmo respiratorio, se alzará su caja torácica, tragará saliva con frecuencia y podrá verse u olerse su sudor. Durante décadas los psicólogos no han logrado ponerse de acuerdo sobre si a cada emoción le corresponde un conjunto bien definido de estos cambios corporales. La mayoría piensa que no: creen que sea cual fuere la emoción suscitada, el sujeto respirará más rápido, sudará y tragará saliva. Sostienen que los cambios en el funcionamiento del SNA marcan la intensidad de una emoción pero no nos dicen cuál es. Esta opinión contradice la experiencia de casi todos. Por ejemplo, las personas sienten sensaciones corporales distintas cuando están con miedo o cuando están con rabia. Según numerosos psicólogos, esto se debe a que interpretan en forma diferente el mismo conjunto de sensaciones corporales si tienen miedo o si tienen rabia, y no prueba que en sí misma varíe la actividad del SNA en uno u otro caso.

Las investigaciones más recientes pone en tela de juicio este punto de vista. Si están en lo cierto y las alteraciones del SNA no son las mismas para todas las emociones sino que son específicas de cada una de ellas, esto podría tener gran importancia para detectar mentiras. Significaría que el cazador de mentiras podría descubrir, ya sea por medio del polígrafo o incluso hasta cierto punto, con sólo observar y escuchar al sospechoso, no sólo si éste siente alguna emoción en determinado momento, sino cuál siente: ¿tiene miedo o esta enfadado, siente tristeza o repulsión? Esta información también puede obtenerse a partir de su rostro, pero las personas son capaces de inhibir gran parte de sus signos faciales, en tanto que el funcionamiento del SNA está mucho menos sujeto a la propia censura.

La técnica para obtener muestras de emociones que cuenta con mayor popularidad ha sido la de pedir al sujeto que recuerde o imagine algo que le provoque miedo, por ejemplo. Digamos que el sujeto imagina que lo asaltan en la calle. El científico debe cerciorar de que además del miedo el individuo no siente algo de ira contra el asaltante, o contra sí mismo por haber tenido miedo como para no tener en cuenta que corría peligro de ser asaltado.

El mismo riesgo de que haya mezcla de diversas emociones en vez de emociones puras se presenta con todas las otras técnicas que tienden a suscitar emociones. Imaginemos que el científico ha resuelto suscitar miedo en el sujeto proyectándole una escena de la película de horror Psicosis, dirigida por Alfred Hitchcock, en la cual Tony Perkins ataca por sorpresa a Janet Leigh con un cuchillo cuando ella se está duchando. El sujeto podría sentir rabia hacia el científico por el terror que le quiere infundir, o hacia sí mismo por sentirlo, o hacia Tony Perkins por atacar a Janet Leigh; o la sangre que corre podría provocar asco en él, o la acción misma dejarlo estupefacto, o angustiarse ante el sufrimiento de la actriz, etc. Repito: no es fácil pensar en un procedimiento por el cual pudieran extraerse muestras de emociones puras. La mayoría de los que estudiaron las alteraciones producidas por el SNA han supuesto (incorrectamente, a mi entender), que los sujetos efectivamente hacían lo que ellos le pedían en el momento en que se lo pedían, y podían producir sin dificultad las muestras de emociones puras deseadas. No tomaban ninguna medida para verificar o garantizar que esas muestras fuesen realmente puras.

El segundo problema deriva de la necesidad ya mencionada de obtener estas reacciones en un laboratorio, y es una consecuencia de los efectos de la tecnología empleada en las investigaciones. La mayoría de los sujetos se cohiben al atravesar la puerta del cuarto experimental, cuando piensan en lo que harán con ellos, y esta cohibición aumenta más aún después. Para medir la actividad del SNA es preciso conectar cables a distintos lugares del cuerpo del sujeto; el solo hecho de controlar la respiración, el ritmo cardíaco, la temperatura de la piel y el sudor requiere muchas conexiones de ese tipo. A la mayor parte de los individuos les desagrada estar ahí preso de los cables, con los científicos que escrutan lo que ocurre en su cuerpo y a menudo con cámaras cinematográficas que registran toda alteración visible frente a ellos. Este desagrado o molestia es también una emoción, y en caso de generar alguna actividad en el SNA, los cambios producidos por ésta teñirán toda la muestra de emociones que el científico procura obtener. Quizá suponga, en un momento dado, que el sujeto está recordando un hecho temible, y en otro momento un suceso capaz de enfurecerlo, cuando lo que ocurre en realidad es que en ambos recuerdos el sujeto se ha sentido molesto. Ningún investigador ha tomado las medidas para reducir ese sentimiento de desagrado, ninguno ha verificado que no arruinará sus muestras de emociones puras.

Paul Ekman y sus colaboradores suprimieron la molestia de los sujetos seleccionándolos entre actores profesionales. Los actores están habituados a ser examinados y escrutados, y no les molesta que el público observe cada uno de sus movimientos. En vez de sentirse molestos por ello, más bien les gusta la idea de que se conecten cables a su cuerpo para inspeccionar cómo funcionan por dentro. El hecho de examinar a actores nos resolvió asimismo el primer problema: la obtención de muestras de emociones puras. Pudimos aprovechar la experiencia reunida por estos actores durante años en la técnica de Stanislavski, que los vuelve diestros en el recuerdo y reaviva las emociones, técnica que los actores practican a fin de utilizar sus recuerdos sensoriales cuando les toca representar un papel en particular. En nuestro experimento, les pedimos a los actores, mientras estaban los cables conectados y las cámaras enfocando a su rostro, que recordasen y reviviesen, lo más intensamente posible, un momento en que hubieran sentido la mayor ira de toda su vida; después, el momento de mayor temor, el de mayor tristeza, sorpresa, felicidad y asco. Si bien esta técnica ya había sido empleada anteriormente por otros científicos, pensábamos que nosotros teníamos más posibilidades de lograr éxito justamente por utilizar actores profesionales que no se sentían molestos. Además, no dimos por sentado que iban a hacer lo que les pedíamos; verificamos haber obtenido muestras puras y no una mezcla de emociones. Después de cada una de sus recuerdos, les pedimos calificar la intensidad con que habían sentido la emoción requerida, y si habían sentido simultáneamente alguna otra. Las vivencias que se registraban con más de una emoción o casi con igual intensidad que la requerida no fueron incluidos en la muestra.

Este estudio de los actores facilitó la puesta a prueba de una segunda técnica para la obtención de muestras de emoción puras, nunca empleada antes. Se descubrió por casualidad años antes, en el curso de otro estudio. Una vez aprendido el mecanismo de las expresiones faciales (o sea, cuáles son los músculos que generan tal o cual expresión), Paul Ekman y sus colaboradores reprodujeron y filmaron sistemáticamente miles de expresiones, analizando luego de qué manera cambiaba el semblante la combinación de ciertos movimientos musculares. Para nuestra su sorpresa, cuando ejecutában las acciones musculares vinculadas a una cierta emoción sentían de pronto cambios en el cuerpo, debidos a la activación del SNA. No tenían motivos para suponer que la actividad deliberada de los músculos faciales pudieran provocar cambios involuntarios por obra del SNA, pero lo cierto es que así fue, una y otra vez. Sin embargo, todavía no habían averiguado si la actividad del SNA difería para cada conjunto de movimientos de los músculos faciales. En el caso de los actores, les dijeron qué músculos debían mover exactamente; les dieron seis tipos de consignas distintas, una para cada emoción por investigar. Al no sentirse molestos por efectuar esas expresiones a petición ni por ser observados mientras las realizaban, cumplieron fácilmente con la solicitud. Pero tampoco en este caso confiábamos en que hubieran producido muestras puras; filmaron en vídeo sus actuaciones faciales y solamente emplearon aquellas en las que las mediciones de la cinta de vídeo mostraban que, en efecto, habían producido el conjunto de acciones faciales que se les había pedido.

Los experimentos proporcionaron sólidas pruebas de que la actividad del SNA no es la misma para todas las emociones. Las alteraciones en el ritmo cardíaco, la temperatura de la piel y el sudor (que son las tres únicas variables que se midieron) no son iguales. Por ejemplo, tanto cuando los actores reprodujeron los movimientos musculares del ira como los del temor (y recuérdese que no se les había pedido mostrar esas emociones, sino sólo efectuar las acciones musculares específicas) su ritmo cardíaco aumentó, pero el efecto sobre la temperatura de la piel no fue el mismo en ambos casos: su piel se calentó con la ira y se enfrió con el temor. Repetimos la experiencia con distintos sujetos y obtuvieron iguales resultados.

Si bien las palabras están hechas para inventar, a nadie (sea mentiroso o veraz) le resulta fácil describir con ellas las emociones. Sólo un poeta es capaz de transmitir todos los matices que revela una expresión. Manifestar en palabras un sentimiento propio que no existe puede no ser más difícil que manifestar uno real: por lo común, en ninguno de estos dos casos uno será lo bastante elocuente, sutil o convincente. Lo que confiere significado a la descripción verbal de una emoción es la voz, la expresión facial, el cuerpo. Sospecho que casi todo el mundo puede simular con la voz ira, miedo, tristeza, felicidad, asco o sorpresa lo bastante bien como para engañar a los demás. Ocultar los cambios que sobrevienen en el sonido de la voz cuando se siente estas emociones es arduo, pero no lo es tanto inventarlos. Es probable que la voz sea la que engañe a la mayoría de la gente.

Algunas de las alteraciones provocadas por el SNA son fácilmente falseables. Cuesta ocultar los signos emocionales presentes en la respiración o en el acto de tragar saliva, mientras que falsear esos mismos signos no exige un adiestramiento especial: basta respirar más agitadamente o tragar saliva más a menudo. El sudor es otra cuestión: cuesta tanto ocultarlo como falsearlo. Un mentiroso podría recurrir a la respiración y al acto de tragar saliva como medio de transmitir la falsa impresión de estar sintiendo una emoción negativa; sin embargo, mi suposición es que pocos lo hacen. También se pensaría que un mentiroso podría aumentar el número de sus manipulaciones para parecer incómodo o molesto, pero es probable que la mayoría de los mentirosos no se acuerden de esto. Precisamente la ausencia de estas manipulaciones, fácilmente ejecutables, puede traicionar la mentira que se esconde en la afirmación —convincente en todos los demás aspectos— de que uno siente miedo o ira.

Podrían fingirse ilustraciones (aunque posiblemente sin mucho éxito) para crear la impresión de un interés y entusiasmo inexistentes por lo que dice otro. Artículos periodísticos comentaron que tanto el ex presidente norteamericano Nixon como el ex presidente Ford recibieron instrucción especial a fin de aumentar su uso de ilustraciones; pero viéndolos actuar en televisión, se cree que ese aprendizaje los había llevado a parecer a menudo falsos. No es sencillo soltar una ilustración en el momento preciso en que la exigen las palabras que se están diciendo; suele adelantarse o retrasarse demasiado, o durar un tiempo excesivo. Es como tratar de aprender a esquiar pensando en cada movimiento sucesivo a medida que se ejecuta: la coordinación resulta deficiente... y eso se nota.

Aplicaciones

Los hallazgos de esta disciplina están siendo aplicados en muy distintos campos, como por ejemplo en el ámbito educativo, el ámbito policial, el ámbito laboral en general o el ámbito clínico.

Referencias

  • Ekman, P. (2004). El Rostro de las emociones. Barcelona: RBA Libros S.A.
  • Ekman, P. (2005). Cómo detectar mentiras. Barcelona: Espasa Libros S.L.U.
  • Feldman, R. (2010). Cuando Mentimos. Barcelona: Ediciones Urano S.A.
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